Críticas | Publicado el 18 de octubre de 2019 a las 03:02 hs.

La Niña Vergüenza

La obra escrita y protagonizada por Manuela Amosa, encuentra su espléndida actuación en una simbiosis perfecta y productiva con Tamara Kiper que dirige empática y minuciosamente una puesta de Género cuando más foco hay que colocar sobre ese flagelo que nos asola. Sábados en Timbre 4

Por Teresa Gatto

“Aquello que será después es ahora.
Ahora es el dominio de ahora.
Y mientras dura la improvisación yo nazco”
Clarice Lispector - Un soplo de vida

 

¿Cómo te llamás? Imaginen responder: “De nombre Niña, de apellido Vergüenza". La chica pulcra de vestidito rojo y stilettos negros que ingresa en la vieja choza que fue su hogar, no tuvo nombre. O sí, Buñuelo o Buñue, el apodo que mami le puso cuando desde esa pregnancia de las niñas con las mamás, la veía cocinar deliciosos bocadillos de acelga. Bien chirle, porque “la forma se la da el aceite”.

¿Y la identidad quién la da, la otorga, la imprime, la sella, la regala o la transforma en condena? En un “no lugar” que puede ser cualquiera y en un “no tiempo”, Manuela Amosa pivotea entre el pasado y el presente. En lo elidido hay un acierto del texto espectacular que sitúa lo que debe situar: un Historia que por ser la de la vergüenza, es Universal.

El abusador casi siempre es cercano, el embarazo aún hoy, escondido, el fruto de él, sin nombre porque el abuso es lo que no tiene nombre. ¿Cómo decir que nos dejaron con un pariente y nos violó? ¿Cómo decirlo sin una  literalidad que se nombre cuasi incesto?

Al fondo, en la pieza el viejo hiede a pis, cada vez más rancio, está quedando ciego.  Tal vez  no quiera ver el fruto de su atrocidad.

En el almacén hay quesos, en el gallinero gallinas que sirven de catarsis cuando uno aprehende a degollarlas.

Lo cierto es que la protagonista en ese duelo entre el presente y el pasado, en ese vaivén entre el ser y el no ser, va encontrando los restos del naufragio y con ellos rememora. No es la magdalena mojada en té de Proust, son objetos, arrumbados u ocultos entre el aparador y la mesa que sirven para esconderse de pequeña y para re-presentar los sucesos de aquella infancia de negaciones, omisiones y oprobio.

El viejo está cada vez más ciego hasta que se queda ciego por completo y cada vez está más indigno, más malo, más soez. Su existencia es soez, la de la madre de Buñue es una existencia a la fuerza, la de la propia Buñuelo es una improvisación continua en el devenir de los días.

Otra forma de lo elidido son las cartas, su madre las escribió pero jamás se leyeron, se incendiaron como “se incendia la vergüenza”.  ¿Nunca una mujer violada será una heroína por no clavarse una aguja de tejer?

No lo sabemos. Justo en tiempos de debates con la votación cantada. Con una niña  de 11 años que murió ayer y que fue vivada por los “Salvemos las dos Vidas” y parió una criatura de 700 gramos y murieron las dos. Matemos las dos vidas.

Pero esto pasa en un “no lugar” y en un “no tiempo”. La madre es una heroína por haberse quedado y la niña/joven también por haber sobrevivido.

La tentación de aseverar que la puesta que dirige Tamara Kiper es minimalista es enorme, porque Manuela Amosa está solita con los recuerdos, con los sueños repetidos, pero a la vez puebla la sala pequeña de Timbre 4, de una teatralidad que, tengo para mí, no se repite ni una sola vez en cada ceremonia (y no porque el hecho teatral sea efímero, irrepetible en cada función y todo lo que ya hemos dicho sin que abunde o también) sino porque se erige con esos objetos y trastos que ella con su voz y su corporeidad completa colma de sentido. Como si el estado perfomático del recuerdo la asaltara en cada función Y digo perfomático porque es muy difícil contar un recuerdo siempre  igual. Ella gatea, sube, baja, se esconde y van encontrando signos ¿qué otra cosa es un objeto en escena?, con una mirada de asombro ante un pasado que emerge inminente y audaz, para poder dar significado a todo aquello que aconteció en la casa.  Si hasta una vieja bolsa de maíz nos presentífica a las gallinas, víctimas para el puchero y para expulsar la violencia de ser la hija de su mamá y de…

Además de la espléndida labor de Manuela Amosa y precisa dirección de Tamara Kiper que tiene la minuciosidad de un relojero suizo, co-protagoniza la obra la escenografía de José Escobar, el diseño de luces de Adrián Grimozzi y los efectos sonoros a cargo de Joaquín Segade.

La niña vergüenza es un orgullo, el oxímoron es totalmente justificado y  estará en cartel hasta fines de noviembre.  El Género Agradecido.

 

Ficha Artísitico/Técnica

Dramaturgia: Manuela Amosa
Actúan: Manuela Amosa
Vestuario: Cinthia Guerra
Escenografía: José Escobar
Diseño de luces: Adrián Grimozzi
Diseño sonoro: Joaquín Segade
Fotografía: Carla Lucarella, Sol Schiller
Asistencia artística: Cinthia Guerra
Asistencia de dirección: Fabiana Ferrada
Prensa: Marisol Cambre
Producción ejecutiva: Macarena Del Mastro
Dirección: Tamara Kiper
Duración: 60 minutos
Clasificaciones: Teatro, Adultos

TIMBRE 4

México 3554

Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4932-4395
Web: http://www.timbre4.com
Entrada: $ 380,00 - Sábado - 20:30 hs - Hasta el 23/11/2019

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