Ensayo | Publicado el 12 de octubre de 2018 a las 21:13 hs.

Afectos y defectos: Jorge Luis Borges y Héctor Libertella

Al fin y al cabo, el único ídolo al cual realmente veneraron hasta el final estos hombres fue la escritura. Ni la ceguera forzosa y hereditaria de Borges ni la letra hermética y el silencioso espacio oscuro de la cueva de Libertella pudieron alejarlos del acto de escribir.

Por Diego Hernán Rosain

 

En un homenaje a Héctor Libertella llevado a cabo el 11 de noviembre de 2006 en la librería Die Brüke de Puan y Bonifacio, Ricardo Strafacce narró el único encuentro del que se tiene registro entre Jorge Luis Borges y el homenajeado. Lo cuenta así: “No sólo en el pudor era borgeano Libertella (de hecho, había nacido un 24 de agosto, igual que Borges). Él me contó una de las mejores anécdotas –sino la mejor– que escuché de Borges. Héctor lo encontró en un aeropuerto norteamericano y, con la felicidad nacional que no es difícil de imaginar, se presentó: ‘Maestro, soy escritor, soy argentino…’. Y Borges, haciendo gala de esa magnífica ironía que parecía serle connatural, contestó: ‘Fíjese qué casualidad. Yo también’” (Damiani 2010: 32-33). Un gesto similar, leí o escuché alguna vez, tuvo en su primer encuentro el Maestro con Ricardo Piglia. Personas que han forjado un lazo cercano o esporádico con Borges afirman que su trato no podía ser más cálido y humilde teniendo en cuenta quién fue y los logros que había cosechado. Podemos suponer que, tras esa presentación cómica y burlona, intercambiaron unas palabras fraternales e irrecuperables. Pero la anécdota no deja de ser llamativa.

Para dos hombres que se desempeñaron toda su vida en el campo de las letras, que desarrollaron una escritura particularísima que lleva impreso su sello, que fueron galardonados en múltiples oportunidades y marcaron un parámetro de lo que se entiende por literatura argentina, aquí las prácticas y los nacionalismos quedan resumidos a meras contingencias. Seres cuyos mundos no eran más amplios que una casa en la esquina de las calles Serrano y Guatemala en Capital Federal o una ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires acabaron por ser sinónimos de universalidad.

Así como los espacios, las fechas no pueden pasar desapercibidas. Para Libertella, el hecho de haber nacido el mismo día que una de sus grandes figuras a seguir fue a la vez un mitologema y una carga demasiado pesada como bien lo demuestra en su autobiografía. Corresponder a sus propias expectativas y exigencias hicieron de él, a muy temprana edad, un confeccionador de ficciones. A los trece años ya había escrito y armado sus dos primeras novelas. A los diez años, Borges ya había realizado sus primeras traducciones del inglés al español y algunas, como la de “El príncipe feliz” de Oscar Wilde, fueron publicadas en los diarios. Niños prodigios, ambos mamaron la literatura desde muy temprana edad. Se podría decir que habían aprendido a dibujar trazos y mirar signos antes de caminar. Esta precocidad en y de la letra supuso una temprana maduración y una acelerada culminación de sus poéticas.

La lectura, cuando por fin se produjo, fue para los dos una puerta de acceso a otra dimensión y a la vez un arma contra los sistemas establecidos. La lectura, más que la escritura, es un acto de transgresión, ya que los textos son consecuencia y efecto de la primera. Borges leía a escondidas de sus padres el único ejemplar del Martín Fierro que había en su casa, un clásico que contenía historias y mensajes que no eran aconsejables para un niño pequeño de linaje unitario. Desde la violación del mandato paterno hasta la corrupción de los modos heredados de lectura, tanto Borges como Libertella han sabido dar otro giro de loca verdad a las tradiciones impuestas por el campo cultural que los amparó. Sus corpus de lecturas son, hoy en día, modelos incuestionables de cómo construir un canon personal.

Entre sus textos favoritos, “Pierre Menard, autor del Quijote” ocupa un lugar predominante dentro de la obra de Héctor Libertella. Dicha fascinación puede rastrearse a lo largo de todo su devenir como escritor. La idea de un autor moderno plagiando y a la vez reescribiendo la novela cervantina palabra a palabra, reactualizando y resignificando la obra cumbre del español resaltando lo distinto en lo mismo fue una imagen demasiado atractiva para Libertella. En ese patógrafo que no quiso crear un Quijote, sino el Quijote, encontró un par. De esta manera se destacan dos factores: los destellos reflexivos que puede despertar una obra y el rol predominante que ocupan el lector y la lectura en la relación objeto-sujeto.

Y si hablamos de lectores, no podemos obviar el nombre de Macedonio Fernández. Ambos discípulos hallaron cobijo bajo el tapado raído del metafísico altruístico. Pero, mientras que Borges mantuvo una relación vivencial con Macedonio, la de Libertella fue puramente textual. Gracias a sus enseñanzas, Borges cultivaría una ficción que se vendió como verdad y ocupó los resquicios de la realidad; Libertella, una escritura ensayística que estudió furiosamente el vacío en las cosas y atentó contra los métodos dominantes de validación y comprobación de hipótesis. Ambos aprendieron a invertir jerarquías, combinar tipologías textuales y hacer de la literatura un campo fructífero para la especulación. Como epígonos de Macedonio, ellos mejor que ningún otro supieron captar la esencia de su poética.

Pero además de la adoración a la ficción, tanto Borges como Libertella fueron verdaderos militantes y activistas católicos en sus comienzos. Este aspecto no tan explorado puede reconocerse fácilmente en sus obras, pero también en sus biografías: la década del ’20 fue un gran período de fervor religioso para Borges, quien participó de espacios de discusión e intercambio como el Convivio en 1927; Libertella, por su parte, empezó a mediados de los ’60 a formar parte de un grupo de estudiantes universitarios católicos integristas. Esos contactos juveniles con la fe devinieron en un velo de devoción y misticismo por temas y símbolos dogmáticos, profanos y esotéricos que irradiaron muchas de sus obras.

Al fin y al cabo, el único ídolo al cual realmente veneraron hasta el final estos hombres fue la escritura. Ni la ceguera forzosa y hereditaria de Borges ni la letra hermética y el silencioso espacio oscuro de la cueva de Libertella pudieron alejarlos del acto de escribir. Ambos no videntes se convirtieron en visionarios para sus contemporáneos, marcaron una ruta fija hacia una Tierra Prometida que resultó demasiado difícil de ignorar. Sin embargo, Libertella aprendió a combatir al profeta que lo precedió. La literatura es ese ocupar una silla en una larga mesa e intentar sentarse en el lugar que a uno más le conviene, el que se encuentre disponible, el que le ofrezcan los más allegados al Patriarca. Pero Borges no escogió motu proprio su sitio dentro del canon; él no eligió ser la vacuna contra el desorden y el idiolecto desenfrenados. Como quien pide perdón en nombre de todos por el sacrificio que implicó el haberlo colocado sobre un pedestal, Libertella traicionó la sintaxis borgeana para devolverle algo de su mortal condición.

Si la literatura es, como afirmaba Libertella, una gran familia en la que todos se (in)disponen alrededor del Padre único, ¿quién narrará la genealogía de aquel linaje? ¿Quién se encargará de urdir una ficción lo suficientemente convincente y aceptable como para desenredar la madeja de las influencias? El bahiense lo intentó en múltiples oportunidades, cambiando nombres, fechas, lugares. De ese modo encontró su cubículo, un rincón alejado de la luz difundida por Borges que le brindó cierta centralidad cuanto más marginal, le permitió desdoblar el polo y desdibujar el eje autoritario y despótico que la crítica y las instituciones le confirieron.

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