Ensayo | Publicado el 24 de abril de 2018 a las 18:51 hs.

Aquí, entre-nos, no toda es vigilia

Lucio V. Mansilla / Macedonio Fernández en el mismo renglón. Anverso y reverso de una misma moneda. Aquí la ardua tarea de hallar uno o varios puntos, núcleos dispersos en la escritura de estos nombres y hombres de entre siglos.

Por Diego Hernán Rosain

 

Hay nombres en la literatura que, por la coerción de la crítica, el magnetismo de los textos, la tamización del tiempo, la erosión de las asperezas o simple cuestión del milagroso azar, acaban por encontrarse y se vuelven inseparables. Y no me refiero a las típicas duplas de maestros y discípulos, a las escrituras en coautoría, a las amistades literarias, a las influencias explícitas.

No, esa es tarea sencilla. Lo dificultoso, y por ello grandioso y misterioso, es hallar uno o varios puntos, núcleos dispersos en la escritura de dos nombres que, una vez aparecen en el mismo renglón, se vuelven insoslayablemente anverso y reverso de una misma moneda: el general Lucio Victorio Mansilla y el metafísico Macedonio Fernández, ambos hombres de entre siglos.

El primero desmontó los hilos oxidados de la civilización, la confianza en las leyes y la fe ciega en el progreso; el segundo fundó las bases para la ficción por venir, rompió con la tiranía de los géneros y el despotismo del realismo. Uno y otro fueron escritores irrefrenables, locomotores, de vanguardia –tanto en su sentido militar como artístico–. Sus plumas ya se encontraban escribiendo cuando sus ejecutores aun no las habían alcanzado. Sus temas de interés diferían, mas no sus técnicas. Compartían también un público lector: ambos educaban tanto a la elite como a la pequeña clase burguesa que comenzaba a aflorar a fines del XIX y comienzos del XX.

Mansilla describe la pampa –las pampas dice– como ningún otro. Ni Echeverría ni Sarmiento han estado allí para rendirles culto. Su materia es el indio y el gaucho. No la barbarie, sino los vástagos de la civilización, los confinados al exilio del saber y el vivir de manera digna. Mansilla no es un emisario del gobierno, sino un defensor de las causas justas. Si él cumple su rol como embajador y mensajero en el plano político, transgrede y viola sus deberes en la escritura.

Macedonio describe la ciudad bajo el prisma de la ficción. Por medio de ese caleidoscopio que vuelve artificio todo lo que toca e impregna de vitalidad lo que no es, monta toda su poética. De un simple martillazo descompone el esqueleto verosímil que sostiene lo real y sabotea el ilusorio manto que cubre a la modernidad. Devuelve la poca cordura que le queda a una época envestida por la tecnología, la higiene pública y el racismo fervoroso.

¿Quiénes mejores que ellos, maestros en el arte narratorio, para denunciar las falencias de dos épocas y la ignorancia de los lectores? Jamás se ha visto peor trato para aquel que compra un libro, lleno de amonestaciones, órdenes, insultos, sugerencias y cuestionamientos. Jamás se han visto autores más temerarios por quedarse sin un solo feudo. Es que ninguno de ellos engaña con la palabra, sino que profesan inquietudes por medio de ella.

Humoristas de la desalienación, sus repertorios dejan mal parado al mejor de los capocómicos. El humor es el opio de los pueblos si es que no se sabe cómo utilizarlo. El chiste, el chasco, el absurdo y el sinsentido impregnan cada anécdota, cada prólogo, causerie o capítulo, como catalizador de una verdad que requiere de un chorrito de edulcorante para ser asimilada.

Narradores indetenibles, pero intermitentes; irrefrenables, pero olvidadizos. Su escritura solo puede dirigirse hace un único sentido: adelante, con un rumbo, pero sin el éxito asegurado. Ellos prometen y postergan, dilatan y divagan, anticipan y escamotean. Esgrimen una letra temblorosa que denota inseguridad y miedo en la correcta transmisión de los mensajes, pero que a su vez connota la esperanza humanista de un público atento y crítico.

No queda tiempo para las correcciones –eso lo harán otros–, solo para continuar escribiendo hasta que unos dedos huesudos se posen sobre la temblorosa mano anciana. El orden del desorden asegura el éxito de ventas, aunque las tiradas sean o no escasas. Fragmento + fragmento + fragmento = obra inorgánica. Pues, si ese es el rostro de lo amorfo y heterogéneo, que así sea. Un proyecto vale más por sus efectos que por su organización.

¿Por qué han tardado tanto tiempo en cruzarse estos hombres de letras? ¿Por qué la crítica no les ha preparado un meeting point? Lucius Victorius Imperator, emperador de los ranqueles, y el Presidente de la estancia “La Novela”, os presento el uno al otro con todos sus motivos. Habrá que ir por más lenguaraces.

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