Críticas | Publicado el 21 de agosto de 2017 a las 15:15 hs.

Arrojo al vacío

Seis obras cortas del gran dramaturgo irlandés se engranan en "Hacela corta, Beckett", una obra que profundiza en la soledad y el vacío, con un fino trabajo de diseño y dirección.

Por Mariu Serrano

La nueva puesta de Rubén Pires se vuelca hacia el intrincado mundo poético de Samuel Beckett, quien hizo del despojo -figurado y explícito- su fuente principal de inspiración. Luego de aproximarse al autor con sus montajes de Esperando a Godot y Beckett y el mundo de las abejas, Pires se alió con Hugo Halbrich y, bajo la supervisión de Lucas Margarit, comenzaron con la traducción y adaptación de las seis obras seleccionadas. Así como toda traducción es una reescritura, toda puesta es una interpretación, y cuando se trata de un autor reconocido, un acercamiento temerario. En Hacela corta, Beckett, el elenco hace gala de ese arrojo al vacío, al desconcierto y al sinsentido, engranando las piezas con soltura y precisión.

La mecedora inaugura la obra, con una irreconocible Jessica Schultz con una peluca cenicienta, vestida de gala, hamacándose en el centro de la escena, y una voz en off que reitera, obsesiva, las imágenes grises que circulan por su ventana. Cuando la voz cesa, ella siempre pide más; cuando la voz se enciende, ella se balancea ensimismada. Gerardo Baamonde encarna el Monólogo, construyendo en el aire la arquitectura asfixiante de una piecita con cama, lámpara a kerosén y una ventana, tan solitaria como aquella de Schultz, pero que suscita temor antes que desamparo.

La escenografía, cuando la hay, consta de una silla, o una mesa cuadrada, o tres atriles por donde asoman cabezas; cuando no, se trata únicamente de una iluminación blanca, precisa, y la propia potencia actoral. En sintonía con la esencia “beckettiana”, los intérpretes habitan esa desolación laberíntica, declamando textos cíclicos con fraseos recurrentes que en cada retorno deslizan un imperceptible elemento nuevo que construye el relato que les pertenece.

Ohio impromptu nos presenta dos caras de una misma moneda: en túnicas negras, con unos blondos carré lacios, parecen jueces de una caricatura sentados a una mesa. Eduardo Lamoglia lee una historia tétrica, mientras Baamonde lo arenga con golpes y muecas. Al final no queda más que contar, y siguen solos, y siguen inmóviles. La segunda escena individual de Schultz, Pisadas, guarda una estrecha relación con la inicial, específicamente por la intervención de una voz en off, pero es también inseparable de las demás: una mujer/niña atrapada en un recuerdo infeliz, en un fragmento de su vida que la marcó para siempre, y lo recorre de principio a fin continuamente.

El maquillaje, diseñado por Analía Arcas, es fundamental para homologar a todos los personajes: los pómulos bien marcados, la mirada profundamente oscura clavada en rostros pálidos, las arrugas como surcos del tiempo que nos arrasa. Asimismo es preciso Juan Micheli en el vestuario, que se adecúa al tono de cada escena y carga a los personajes de símbolos tácitos, en conjunto con la gran labor de Miriam Manelli, cuyas pelucas extravagantes y voluminosas contrastan con la discreción y/o elegancia de los trajes, haciendo de los personajes unas figuras cautivantes que excluyen las categorías de tiempo y espacio.

Las piezas grupales son las mejor logradas, sin desmerecer las individuales (haciendo la salvedad de que Ohio…, es prácticamente un soliloquio), que tienen un nivel de potencia expresiva que se expande por toda la sala. De carácter humorístico, Va y viene y Play tratan los mismos tópicos con ironía, haciendo foco en la hipocresía, la competencia y la mezquindad: todos hablan, nadie oye, o se oye lo que se quiere oír, o se dice lo que el otro quiere escuchar… Más allá de que estas piezas proponen una dinámica más festiva, tienen desde la puesta el desafío técnico de sincronizar diálogos, gestos y movimientos por el espacio, así como el volumen, el ritmo o la duración de los silencios. En este sentido el trabajo que hacen los dos tríos (Schultz, Celeste García Satur Marina Tamar en la primera, García Satur, Tamar y Carlo Argento en la segunda) es de una complejidad tal que hipnotiza.

Los ejes transversales a todas las piezas son la soledad, la quietud y la muerte, que son en un punto la misma cuestión, y el acierto de Pires es haber aunado los relatos en función de un mismo concepto, sin alterar la unicidad de cada escena. Con mayor o menor dosis de ironía, comicidad o angustia, nos presenta la potente dramaturgia de Beckett de modo tan refinado como brutal.

 

 

 

Ficha artístico/técnica:

Autor: Samuel Beckett
Traducción y adaptación: Rubén Pires y Hugo Halbrich
Supervisión dramatúrgica: Lucas Margarit
Intérpretes: Jessica Schultz, Gerardo Baamonde, Celeste García Satur, Eduardo Lamoglia, Carlo Argento, Marina Tamar
Vestuario: Juan Micheli
Escenografía: Pablo Graziano
Diseño de Pelucas: Miriam Manelli
Diseño de Maquillaje: Analía Arcas
Dirección: Rubén Pires

Duración: 65 minutos

Funciones: Martes 20:45 hs
Entradas $300, Estudiantes y jubilados $190

 

EL TINGLADO

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