Editorial | Publicado el 26 de enero de 2017 a las 19:30 hs.

¿Teatro en Crisis? No sé, no sé, te la debo...

Quisiera habla de la miseria en todos los ámbitos. Pero resulta que esta es una revista de Artes Escénicas. De modo tal que sólo me ceñiré a lo que conozco, aunque cada vez me resulte más ajeno el modo en el que las actividades culturales se llevan adelante en la Argentina del Ajuste.

Por Teresa Gatto

"El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre,
a la infamia, a la vergüenza"

G. Delleuze

 

Si se me permite establecer una comparación, tal vez amañada ideológicamente, pensaré desde este instante como lo hizo Eric Hobsbawm, cuando con absoluta claridad nombró al Siglo XIX como el más largo de la Historia. Claro, los modos de producción y circulación de los bienes culturales y el capitalismo cristalizaron su instalación recién terminada la Primera Guerra Mundial, que, desde el atentado en Sarajevo supuso otro orden de cosas. "Gran burguesía" de la industria y las finanzas como la «clase dominante” Del mismo modo, el Siglo XX era el más breve, terminaba con la caída del muro de Berlín. No mediré esta época que transitamos. Los que no adherimos a las supuestas políticas de Estado que son en definitiva, des-políticas sin gestión de ninguna especie, sabemos que no será un año, serán 4 u 8 que servirán para efectuar la regresión, tal vez irreversible, en la Región, al Imperialismo y la Sociedad del Libre Mercado. ¿O ya ocurrió?

Lo cierto es que puedo dejar aquí cifras oficiales -no revelaré mis fuentes pero no son nada imposibles de chequear-: la temporada de Teatro 2016 arrojó los siguientes números, según cifras recopiladas en AADET: desde Enero a Noviembre, donde prácticamente cierra la temporada Espectadores, 6% menos con respecto a 2015, Funciones 5% más que el año anterior. Recaudación 18% más que en 2015, si tomamos inflación interanual del 43% nos da una caída de la recaudación real del 25%. El precio promedio de la entrada pudo aumentar solamente un 25% respecto del año pasado ante una inflación del 43%. (Cifra oficial que es más alta según la caída del consumo y la no resta de la deflación del 7% del mes de septiembre).

No estamos hablando de todas las salas. Cualquier analista comercial que se precie verá aquí un desastre prometido. Sobre todo y toda vez que muchos espectáculos debieron bajar antes de tiempo no pudiendo completar las funciones que se requieren para cobrar un subsidio. ¿Eran malos? No, de ningún modo, eran nobles trabajos pero el achique, el ajuste les negó per se la chance de contar con una prensa y difusión paga. Si el boca a boca funcionó hasta el 2014 como una alternativa insoslayable, cuando los teatros están vacíos no hay chances de que esto acontezca.

Y entonces llegó él

El año comenzó con una grave falta de ética por parte de quien debía dirigir los destinos de la Cultura. Darío Lopérfido creyó que de verdad la revolución de la alegría sin moral era posible y salió a cuestionar de un modo macabro, rayano en la miseria humana, el número de Desaparecidos durante los años negros de la Dictadura. Pero no sólo los cuestionó, sino que además atribuyó el “abultado número de 30 mil” a la necesidad de generar subsidios para las familias con familiares Detenidos y/o Desaparecidos. Rápidamente, la maquinaria se pudo en marcha para el repudio y la exigencia de su renuncia. Sé de un sólo teatro en el que la propietaria censuró a un elenco al grito de “En mi teatro no”. Una pena, porque cuando un elenco está sobre el escenario es dueño del espacio sagrado. El espacio escénico es de libertad de artistas, no de “dueños”. Yo no quisiera ni recibir, ni comprar ni reservar una entrada en un espacio en que se convalida la atrocidad. Tal vez el subsidio lo merezca. A esta publicación no la subsidia nadie.

Luego siguieron otros horrores, como el uso de espacios destinados a lo más alto de la Cultura que se han convertido en asentamientos en los que llevar adelante casamientos, o cumpleaños de señores adinerados, señoras gordas (no de peso, de bolsillo) y cualquiera que jamás haya visto bailar a Julio Boca o a Paloma Herrera (alguien diría “¿Qué culpa tengo yo sino estudiaste?").

Lo cierto es que en esta mezcla de gente que ya había estado y seguía regurgitando el sushi de fines de los 90’, el San Martín sigue cerrado, vallado y estropeado. Digamos aquí que las políticas implementadas llevan 9 años de gestión en CABA y desde esa épocas los baños correspondientes a las salas eran un horror. Y hubo un año, sí, el año en que partió Alfredo Alcón, en el que un azorado Joaquín Furriell tuvo que salir a decirle a la gente que se fuera, que reclamara el valor de su entrada porque no había calefacción y todos iban a enfermarse como el querido Alfredo. La puesta maravillosa era la última que dirigió y protagonizó: Final de Partida.

Así las cosas, no sirvieron los abrazos al teatro, ni las manifestaciones, ni nada de lo que los distintos grupos que quisieron cambiar un estado de cosas francamente decadente, fueron a pedir.

 

Entonces después...

Hubo salas que cerraron, otras estuvieron al borde, hubo elencos que lo pasaron muy mal. Hubo, por suerte, algunos salvados. Pero no porque la situación fuera excelente, sino porque corrían con el caballo del comisario y una obra superlativa como Terrenal agotaba sus funciones con semanas de antelación (y bien merecido se lo tiene). De hecho, según un integrante del elenco, los aplausos del 2016 eran sostenidos por algo más que las excelentes labores. Eran sostenidos en la convicción de que lo visto era metáfora y metonimia de una derrota más. Hubo, además, estrenos auspiciosos que se desmoronaron más temprano que tarde: el ajuste no perdona.

Hubo alguna esperanza en obras con explícito contenido político-social: La Fundación, de Susana Torres Molina dirigida por Héctor Levy-Daniel de factura extraordinaria. En ella se manifestaba el horror de los niños apropiados y distribuidos como mercancía. Y hubo un derroche de talento que merece más espectadores en Líder, Brujo Bailarina de Rolando Pérez y El alumbrar de Vargas de Gilda Bona, Potranca (El galope de la Historia) de Mariela Asensio, proyecto para el UNA agotaba todas las semanas del mismo modo que Nadie quiere ser nadie de la misma autora. Pero esos casos revelan que un numeroso público que accede a la entrada económica, es el que está pensando en un estado de cosas que mutila la creación. Eva Perón Resucitada de Vicente Zito Lema, extraordinaria puesta, tuvo su pico de popularidad cuando las huestes de la infantería se hicieron presentes en el Complejo Melany de Mar del Plata. Pero Zito Lema ya llenaba el Espacio Recuperado IMPA en CABA, a un módico precio de 100$ la entrada. Considerando la des-gestión de Arroyo, su incompresiblemente elegido intendente con su gusto por las palizas hacia las mujeres que se manifiestan y su sentido pulcro de la represión, no asombra. Para los detentadores de algún poder, la Argentina es un Género Teatral que sólo se puede caracterizar como Tragicomedia.

Pero otra vez, caemos en lo mismo. Si usted es espectador de la calle Corrientes, es altamente probable que el encandilamiento de las luces lo perturbe y salvo que entre al Paseo La Plaza y vea las obras de Claudio Tocalchir, o sea público de Timbre 4 y se regocije con las magníficas puestas que allí se exhiben sin solución de continuidad, no sepa que existe algo más, que como decía Borges, "algo que no se nombra… pero existe".

No nos engañemos: si usted puede gastar menos, gastará en aquello que le han recomendado, que lleva varias temporadas en cartel y que después de presenciado lo deja con ganas de más.

Claro, la pieza de Mauricio Kartun es maravillosa, y aquí se le rindieron los honores correspondientes porque te deja sin respiro. Pero nosotros, no los críticos, los espectadores, ¿vamos más que una vez por año al teatro, más que una vez por bimestre, más que una vez por mes?

Y dejando de lado al espectador y su catarsis posible frente al rito sagrado, pienso en los hacedores. Vapuleados por fechas como las vacaciones de invierno en la que pululan muchos adefesios con merchandising que cortan en dos las billeteras del espectador que tiene hijos pequeños. Pienso en elencos que investigaron dos años para poner textos magníficos con puestas de notable calidad. Obras que fueron premiadas (aunque, con humildad creo que los Premios son los Sospechosos de Siempre). Obras que ganaron festivales, dramaturgos multipremiados, actores con una responsabilidad tan consumada frente al producto que entregan que es demencial  ir un domingo o viernes a verlos y contar 7 espectadores sumando a los críticos. ¿Qué pasó? Si han hecho una segunda temporada porque en la primera, en el 2015 agotaban y los dueños de los espacios los convocaron. ¿Qué pasó? Sí, ya sé… pasó la mano invisible del mercado.

¿Y ahora qué?

Muchos dicen que el teatro nace textualmente o performativamente en etapas de crisis. Así se armaron desde Teatro Abierto hasta hoy, cooperativas que mostraron luego valores enormes a la hora del compromiso social. Grupos con nombre y pergaminos suficientes para llegar a cubrir los gastos de estar en escena. Porque, que nadie se engañe, el teatro independiente no hace rico a nadie, y a la salida cuando se rinden las cuentas, las más de las veces lo que quedó no alcanza ni para una cerveza. Sólo el que produce un programa de radio o planifica entrevistas, observa cómo los enormes dramaturgos, directores, actores y diseñadores de Arte no pueden asistir en determinados días y horarios  porque están dando clases. De eso viven, no de la recaudación de sus magníficas obras. Salvo, claro está, los subsidiados de siempre o los consagrados y legitimados, valga la redundancia, no siempre legítimamente.

Hay una variable que no debemos soslayar: la atención enfermiza que todos tenemos con la noticia, cuando la peor noticia ya fue dada, sólo que no asimilada. Ya es como una costumbre masoquista visitar periódicos, redes, revistas y demás buscando la maldad de cada día. Como si el 22 de noviembre no se hubiera consumado el entierro de los sueños y el asombro en su inagotable proliferación, nos detiene cada día, siguiendo demudados o críticos el juicio a un presa política que arrojó un huevo, denostando de nuevo a los que despiden de una gráfica a 380 trabajadores con los que nos solidarizamos y cerrando fábricas, sedes de las mismas y llevando a cabo el único magnicidio de esta era: el asesinato de la Constitución. Porque, que nadie se llame a engaño, la pauperización de las instituciones es directamente proporcional a la decadencia que se instala lenta y sigilosa en cada proyecto que choca contra la desidia de los gendarmes de la Cultura de hoy.

Y es natural que así ocurra. Porque los miles de despedidos que se amontonan en los números de la gestión actual, son directamente proporcionales a la denostación de la Cultura. Porque sin trabajo no hay Cultura. El círculo es vicioso. No hay cómo gestionarla, como llevarla adelante y como entregarla desde lo más profundo. Muy pocos pueden darse el lujo de descansar de los DNU que como puñalada de loco nos revolean por la cabeza, porque justamente es nuestra cabeza la que está en juego. La campaña del miedo no era la que le contaron a Don Jaime, la campaña del miedo no existió. Existe esta realidad que da pavor. Porque la Inseguridad estalló. Si usted para entrar a su hogar debe dar dos vueltas manzanas, avisar que llegó para que le abran el portón o bajar de un transporte público y caminar dos cuadras en la noche de Argentina, lo pensará dos veces. Porque si no le arrebatan la vida, y sólo se llevan sus pertenencias, mentará a la madre de cada dramaturgo, director o actor por el que se haya movido de su casa. No son tiempos de tomar taxis a lo pavote, ni de comprar 6 celulares al año porque la seguridad falla mucho más que antes. El encierro, Netflix, la piratería de películas y el noticiero nuestro de cada día, atentan contra la recreación. Es más el estrés que se pasa para regresar a casa y poner candados que la catarsis que se lleva adelante cuando uno asiste a un espectáculo, aunque éste no sea concebido para purgar ninguna pasión.

Pero retomando lo que nos importa, el gran Arte denominado Teatro, serán necesario mecanismos de resistencia como tuvimos toda la vida. Resistir a un estado de cosas con menor paranoia que valor. Sin descuidarse. No permitamos que nos quiten esa maravilla de ser Capital del teatro del Mundo. No permitamos que el pesimismo nos gane.

¿Parezco contradictoria no? Lo soy, como Walt Whitman, “me contradigo, contengo multitudes”. Lo que no contengo, ni asumo ni asumiré jamás, es esa mirada voluntarista, simplista y lavada de que las cosas se acomodan solas. No, si una lucha que fue breve, impuso la renuncia de un sujeto como Lóperfido, nuevas luchas pacíficas, tesoneras, bien planificadas en una forma de Ser Solidario lograrán que la comunidad cultural visibilice un estado demencial de cosas.

Sobre lo mejor, lo peor, lo novedoso y lo esperpéntico pueden leer a mis colegas. Yo no puedo hacer recortes anuales porque no creo en períodos de tiempo, creo en Políticas Culturales. Tal vez, sólo pueda decir lo que pienso, esperando una buena refutación, un optimismo que no sea de la voluntad, un dato que aclare el panorama (no creo en túneles, ni luces al final) espero que esta era no sea tan larga como el Siglo XIX de Hobsbawm, porque a aquella le siguió La Era de las catástrofes… El resto, no sé, no sé, te la debo…

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