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teatro » nota

Críticas | Publicado el 23 de noviembre de 2020 a las 02:20 hs.

El viento en la cara

La puesta de Nicolás Lisoni hecha para streaming, presenta una distopía posible, que la pandemia dure años y la modificación de algunas subjetividades jóvenes, que no se resignan a la nueva normalidad, mientras alguien mayor sólo desea "el viento en la cara"

Por Teresa Gatto

 

“Todo poema, con el tiempo, es una elegía.
Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujeto a la víspera,
que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza.
No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”
J. Luis Borges- Posesión del ayer.

Pedro cumple años. Es casi un oxímoron cumplir un año más con el tiempo detenido en el aislamiento de la pandemia. Porque en el tiempo de la obra, la peste lleva años. Tantos que arrasó con todo, hasta con el buen tino de sus hijos que decidieron digitalizar sus mentes.

La puesta tiene el enorme mérito de parecer un zoom o un Skype con otro ser humano, la cara de Pedro se acerca y aleja de la pantalla y vemos su casa, repleta de libros, una cotidianeidad que amerita sentirlo cercano. Pedro está encarnado por Ariel Levenberg y será el único rostro que veremos.

Sus hijos Gabriel y Natalia (Valeria Di Toto y Gustavo Slep, respectivamente) lo llaman, nunca veremos los rostros de esos jóvenes que decidieron que hay que modernizar a papá para que salga del encierro aunque sea de modo tecnológico y vea la vida (?) con “otros “ojos”.

La conversación transcurre cordialmente, elles le han comprado una botella de vino y nada más y nada menos que El paraíso perdido de Milton. Buena opción Pedro no lo tiene. Justo no tiene lo que está perdido y es irrecuperable en cualquier formato, grafico o digital.

Nada sacará a Pedro de su postura absolutamente existencial de abjurar de ser un sujeto digitalizado pero sus hijos han apostado una vez más a la tecnología. Y sacando ese último recurso de la galera, hacen hablar a Elena. Ella, su mujer, la compañera con la que existía en Paraíso ha sido reconstruida mediante algoritmos y memorias de celulares que no sólo han capturado su voz (la inconfundible y melodiosa voz de Cecilia Labourt) sino que han logrado digitalizar recuerdos de viajes. Como una aurora boreal en Islandia, en que Pedro y Elena caminaron tomados de la mano y se dijeron palabras que sólo el amor pronuncia.

Pedro al principio no cree, no es un fantasma, es un constructo tecno. No es su mujer, es la copia a medias de la que fue su mujer. Trata de rastrear un recuerdo íntimo de algo que le susurró al oído, los dispositivos no tienen ese alcance. Ella al principio no puede responder, pero luego para abonar más la confusión tal vez lo diga.

El mundo está en modo desquicio. La tensión entre la enunciación de que nada muy grave ocurre y en el otro extremo, la de que todos podemos morir, o enfermar y quedar debilitados para siempre, ha agregado una neurosis extra a los sujetos que ya alienados por el sistema de producción y circulación de bienes (a mí me importan los simbólicos como único capital inembargable) no han logrado un antídoto para la peste y ya piensan en la post pandemia en términos materiales. Y no hablo de macro economía, hablo de viajes que se contratan hoy para el 2021 con la promesa de reintegro del 50%. Hablo de la oferta desmesurada de técnicas que aseguran una juventud eterna, de suplementos dietarios para revertir esos kilos de más del sedentarismo prolongado. Hablo al fin y al cabo de Mercado como monstruo imposible de detener en cualquier circunstancia y lugar. Hablo de teatro comercial abierto e independiente cerrado por imposibilidad de llevar adelante protocolos del 30% de la sala cuando algunas tienen 30 butacas.

Hablo de la Cultura como bien inalienable y del esfuerzo de Nicolás Lisoni, el director de esta puesta y de Nicolás Marina, que como su autor  deja trazas de un futuro del que queremos abjurar, pero, bueno, qué largo se hace esto del ASPO y el DISPO y en su extensión una voz grita que tachemos este año del almanaque. Que queremos ser Pedro y que otra vez nos dé el viento en la cara, como en Islandia o en Boedo. Recuperar la Libertad de accionar sobre las cosas, volver a ser los que éramos, me parece escucharlo a Don Pablo diciendo “nosotros los de ahora ya no somos los mismos”.

Hay una esperanza cierta. El Teatro Independiente se salvará a sí mismo. Como lo ha hecho siempre. Porque hemos tenido crisis y Pedros y Natalias y Gabrieles y Elenas que parten antes de tiempo, nuestros hijos han sido cooptados por la tecnología que puede ser nociva, que arroja al libro de papel lejos, que maneja tiempos tan exiguos en los que todo debe ser ahora, ya mismo. Sin embargo, hemos salido y en la noche oscura tuvimos Teatro Abierto y resistencias varias. ¿Porque esta vez sería distinto?

Esta crítica no cree, en su pertinaz nihilismo, que la Humanidad mejore después del susto, la muestra es la superposición de economía sobre salud, la exposición desmesurada por tomar una cerveza como si fuera a estallar el planeta mañana, las marchas anticurantena o anti mascarillas en todo el mundo. De lo único que está segura quien escribe es que mientras haya actores como los que ponen el cuerpo a este nuevo modo de vinculación con los receptores, el teatro se salvará intrínsecamente. Y eso, amigues, eso, no es nada menor.

Ficha Artístico/técnica
Dramaturgia: Nicolás Marina
Actúan: Valeria Di Toto, Cecilia Labourt, Ariel Levenberg, Gustavo Slep
Producción: Valeria Di Toto, Sebastián Villar Rojas, Guido Zappacosta
Producción general: Nicolás Lisoni
Dirección: Nicolás Lisoni

PARTICIPACIONES

Este espectáculo forma parte del evento: Ciclo Conexión Inestable/ Poor Connection

 

Clasificaciones: Streaming online, Teatro, Adultos

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