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teatro » nota

| Publicado el 21 de enero de 2014 a las 22:40 hs.

Amadeus, el drama de los dones

La obra de Peter Shaffer, revitaliza un tópico como el de los dones recibidos y negados o si se prefiere, la diferencia entre ser bueno y ser genial.

por Teresa Gatto

“(…) somos débiles, la tentación no sólo nos roza,
hace su presa de nosotros, de nuestras más bajas pasiones
y no siempre triunfamos en la lucha que libramos contra ellas"

Santo Tomàs de Aquino

No ví Amadeus en su estreno. Cuando a principios de enero llegó la invitación para su reposición decidí que Oscar Martínez,Rodrigo de la Serna y elenco, dirigidos por Javier Daulte, iban a hacerme sentir algo de la magia que el comercial ha perdido para mí hace tiempo.

Cómo no sé que dijeron mis cólegas el año pasado, busco sin profundizar porque no quiero que nada contamine mi escritura. Pero, siempre se cuelan, entrometidos y faltos de sustento, los exabruptos de algún periodista de espectáculos. Ahí es cuando leo sin llegar hasta el final, la redacción no lo resiste, que los aplausos han sido para la escenografía. Sí, señores, hay alguien que confunde escenografía con “dispositivo escénico” y hasta sale en la TV.

Había advertido en un editorial del día 10 de enero próximo pasado, que este año, lejos de condonar la deuda actoral, escrituraria y de puesta de todos y con el respeto que nos caracteriza, puntualizaríamos las fallas de lo que vemos. Bien, ahí no entrarán todos los que dicen analizar teatro y que las producciones invitan porque el capitalismo, querido lector, les grita desde su planilla Excel que un minuto en la TV es mejor que 1000 notas en una revista especializada. Pero esta revista y esta sección son especializadas o lo intentan.

Y como para nosotros la frontera entre público y privado sigue inamovible, aunque deje pingües dividendos a ciertos trabajadores nos abocaremos a diferenciar dispositivo escénico de escenografía.

El Amadeus de Javier Daulte tiene una escenografía minimalista porque su dispositivo escénico es absolutamente funcional a las acciones que se llevarán a cabo en él.

Ese dispositivo es el que permite, entre muchas otras cosas, hacer prevalecer lo dicho y no dicho, lo sospechado, lo inferido, el cotilleo de palacio y los subes y bajas en esa escalera al infierno que el joven Wolfie atravesará cuando ponga los pies en Viena. Un dispositivo es algo más que un simple decorado y no por su envergadura u originalidad sino por su contribución al desarrollo de la trama.

Pero veamos, un Salieri anciano, está dispuesto a narrar aquellos años, tres décadas atrás en los que se le reveló que la infinita gracia del Dios en la que creía, podía no ser justa. La rectitud, la nobleza y la castidad no harían de él el músico honrado para siempre, sólo un músico famoso en Viena. Esta  diferencia se puede traspolar a muchas otras categorías, sobre todo en el Arte.

Pero retomo, Oscar Martinez, que supo ser Mozart allá en 1983, ahora es Salieri y tiene sólo dos criados: uno que lo asea y otro que lo sacia, lejos ya, de la comodidad de otrora. Él, que creyó que la gula era su peor pecado, sabe hoy, después de 32 años de la muerte de Mozart, que la envidia también es un pecado capital para el creyente. Pero fuera de su aspecto religioso,  el deseo puesto en el otro mata, asesina al propio deseo de ser y pone en su sitio a un animal capaz de liquidar o de tratar de hacerlo, las posibilidades del objeto de deseo.

El dispositivo escénico de la puesta de Javier Daulte, cuyo impecable diseño es de Alberto Negrín quien interpretó muy bien qué se quería narrar y cómo, está conformado por celdillas de madera manejadas a voluntad. Posee en sus laterales superiores toboganes por los cuales todas las murmuraciones del palacio (narradas de modo omnisciente) se adelantan para que el espectador se prepare, porque el elenco todo, maneja un registro imperioso. El registro del drama, aunque a veces el chascarrillo se imponga para esa pausa que, necesaria, deje respirar la angustia del espectador y de los personajes.

Un artefacto de madera, colocado en el centro del escenario, hace las veces de piano, mesa y ataúd. Porque la economía de escenografía, no es economía de guerra, es elección pura de puesta en escena. La sola caída de un lienzo palaciego, nos lleva a otro espacio; junto a esto, el texto y las acciones, no hace falta más.

Aclarados ya estos malos entendidos con los que la divulgación apresurada por la demanda mediática, escribe cualquier sinsentido, pasamos a lo que sigue.

Ese Salieri, recordará, aquellos años en los que amparado en la conspiración con otros cercanos al emperador, aniquiló las posibilidades de un joven irrespetuoso, procaz, maleducado, soberbio y soberbiamente genial: Mozart, en la piel de Rodrigo de la Serna que capitaliza el texto y consigue una empatía como sólo se tiene con los que de antemano sabemos víctimas. Porque no nos engañemos, muy pocos son aquellos que no han visto la versión de Milos Forman, yo la vi más de una decena de veces y me rendí a sus plantas.

“Mozart tu asesino te pide perdón” dice Salieri/Martínez y el flashback, nos lleva a aquel vals compuesto para recibirlo, convocando a los fantasmas del futuro, a nosotros, los espectadores. Nos incluye, nos hace parte de una historia conocida pero siempre inquietante.

A favor de esta adaptación diremos que, resuelve de modo distinto ciertos puntos álgidos de aquella película que se hizo de culto y que,  atempera la cualidad de asesino de Salieri, porque él, Antonio Salieri, no es el asesino solapado de la versión de Forman, no, es mucho más sutil, es el intermediario de todas las conspiraciones y a la vez es una víctima de ese niño orgulloso y presumido. De la Serna lo pone en el cuerpo para hacerlo jugar al sexo, a la música y a la rebeldía creyendo firmemente que sólo con su música podrá conquistar el mundo. No sabremos a ciencia cierta qué lo asesina sino quién hubiera sido capaz de borrarlo junto a sus partituras pero, el mediocre siempre carga y cargará con eso que se llama olvido, a menos que un dramaturgo lo consagre como el patrón de la insignificancia.

No abundaremos aquí en el desarrollo de una historia que además de sospechada merece ser vista. Pero sí nos detendremos en los mecanismos de puesta en escena que hacen que todo funcione de manera cronometrada porque no puede haber espacios, ni baches entre los dichos y las acciones de los seres de los personajes. En esta versión también se indaga y expone el carácter de las logias masónicas que no perdonarán el estreno de La flauta mágica, esa maravilla.

A la inminente tensión que ubica en cada extremo a los dos músicos, se suman las participaciones que suponen categorías de mediación que nunca dejarán de ser en desmedro del más joven.

Así Stanzie, bien interpetada por Verónica Pelaccini no podrá, no sabrá cómo lidiar con ese joven esposo/niño, libertino y pedirá ayuda a su peor enemigo.

Se suman además las intrigas palaciegas en las que el Conde Orsini Rosemberg, en el cuerpo de Juan Carrasco dirá esa célebre frase “demasiadas notas” contribuyendo junto al Chambelain a entorpecer la carrera del prodigio.

El resto es conocido, pero el teatro comercial que a veces enjuaga a sus Miller para que no nos inquietemos tanto y cenemos con una alegría difícil de sostener después de ver una obra suya, acierta esta vez, porque  consigue conmocionar aún allí, donde el nudo de la cuestión es sabida, casi una verdad de sobremesa. Y por suerte, tan irrepetible como Wolfie.

Aquí lo que importa es esa caja contenedora de personajes que exhalan drama porque se han apropiado del texto y han conformado los vínculos sólidos que se necesitan para que la organicidad y la teatralidad se consumen.

Por ello, vuelve a ser conmovedor el monólogo final que en el cuerpo todo de Oscar Martínez como Antonio Salieri, el Santo Patrono de los Mediocres, absuelve a todos sus pares y posiblemente a muchos más, al que le quepa el sayo, que se lo ponga.


Ficha Artístico/Técnica

Autor: Peter Schaffer
Versión: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens
Intérpretes: León Bara, Guido Botto Fiora, Juan Carrasco, Gerardo Chendo, Rodrigo de la Serna, Ana Fontán, Diego Jaraz, Oscar Martínez, Verónica Pelaccini, Jorge Priano, Paula Trucchi
Diseño de vestuario: Mini Zuccheri
Diseño de escenografía: Alberto Negrín
Diseño de luces: Albert Faura
Fotografía: Sisso Chouela
Dirección: Javier Daulte

Funciones: de jueves a domingo hasta el 16 de marzo de 2014

Teatro Metropolitan City
Av. Corrientes 1343 (mapa)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Tel.: 5277-0500
http://www.metropolitanciti.com.ar/

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