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teatro » nota

| Publicado el 20 de agosto de 2012 a las 13:44 hs.

Cristina Escofet

Conversamos con la dramaturga, recientemente galardonada con los premios Florencio Sánchez y María Guerrero, sobre su texto Bastarda sin nombre y su apasionado compromiso con la Historia, con los temas de Género y con la vida.

por Carlos Folias

Galardonada con los premios Florencio Sánchez y María Guerrero y nominada a los Premios ACE 2012 en el rubro Mejor Obra Argentina, Cristina Escofet es una autora y directora incasanble que no se detiene en la producción teatral, sino que, además investiga temas vinculados a la problemática de Género y expone regularmente en congresos nacionales e internacionales, interpelando los vínculos entre Historia, Género y escena. Con una vida plena de hechos que conforman hiatos e hitos llega a obtener un reconocimiento largamente merecido.

Puesta en Escena: -Usted ha sido recientemente galardonada por su maravilloso texto dramático Bastarda sin nombre ¿cuál es la génesis? más allá de lo ideológico porque la impronta de Género es indubitable y la posición política respecto a Evita también. (Florencio Sánchez y María Guerrero)

Cristina Escofet.- La génesis, es un largo proyecto acariciado de hacer una serie de TV sobre mujeres de la historia, pergeniado junto a la dramaturga Adriana Tursi. Que incluso tiene su capítulo piloto grabado, en un libro de Tursi sobre Guadalupe Cuenca. Luego se nos ocurrió transformar las historias en ciclo de monólogos. Cada una tomó mujeres de nuesta historia. Yo hice esta versión de Evita llamada Bastarda sin nombre. Bastarda por su origen ilegítimo, sin nombre porque no fue reconocida por el padre al nacer.

Eso por una parte, por otra parte creo que es una deuda con Evita, quien conformó mi imaginario de infancia. Viví en Junín. Años 50. Me tocó ir a la primaria donde había ido Eva Perón. De familia antiperonista, fue una muñeca prohibida. Muchas imágenes quedaron prendidas en mi retina. Yo la amaba. Me prohibían verla cuando iba a hablar a Junín. Plaza San Martín frente a mi cuarto. Mi madre decía: “No es Evita la que viene. Es Elisa. Evita ya está muerta”. Cerraban las persianas. Yo me asomaba, subida a un banquito. Y escuchaba esa voz penetrante hablándole a los grasitas. Mi madre insistía “es una grabación”. Y sí, lo era. Era la grabación, la narración que yo me hice a una edad muy corta. Evita iba a Junín a hablarme a mi. Mis padres eran ateos y también me inculcaron no creer en Dios. Desde luego, fui una cristiana de alma. Jesús y Evita puede decirse que fueron mis amigos imaginarios. Mis primeros amigos. Los que me daban ánimo en un espíritu de niña “dramática” ya que me inventaba conflictos de heroína las 24 horas del día. Esa niña fue la que me convocó con imágenes primarias para construir mi versión de Evita a la que desde luego desde la adolescencia y la militancia política ya la había comprendido en términos de su importancia histórica y militante y a la que había estudiado de cabo a rabo. Evita es única en la historia de la humanidad. Y sus ojos están abiertos porque siguen abiertos a lo que el mundo insiste en no resolver: El hambre y la marginalidad.

Por otro lado, en mi ensayo inédito La Calle (Beca del Fondo Metropolitano - INT - FNA) desarrollé la tesis de que Evita jamás renunció y de que el Cabildo Abierto del 51’ fue un diálogo entre el pueblo y su vicepresidenta. Allí – en ese trabajo- desarrollé la hipótesis, comprobable en los hechos fácticos, de que Eva Perón fue la genuina vicepresidenta en ejercicio de la Nación, y que ella, en ese famoso cabildo, no hizo sino desperdirse. Ella ejerció la vicepresidencia. No necesitó voto para tal ejercicio, del cual hoy su obra es un presente. En los corazones y en las obras que perduran y en el ejemplo militante, de entrega, de despojamiento. 

Esa tesis, se sostiene en Bastarda sin nombre. Su bastardía y esa verdad no confesada, la de que nunca renunció son la columna vertebral de la obra.

Creo que esto también está en la génesis. La necesidad de articular este discurso político no dicho pero que una lectura inteligente lo deduce. Y ahí entra la mirada de género: Lugar en el mundo. Hija ilegitima que legitima su ser, en la historia que ella misma instala. En lo individual, en lo social. La anécdota no sirve más que como cierto soporte. Cuando uno va a terapia, el terapeuta ¿qué ilumina? ilumina el proceso, la escena oculta y lo no dicho, que ni está tan oculto, ni tan no dicho.

Ir más allá de la anécdota de que si se acostó o no con Magaldi. Es increíble, cómo cierto consumismo de Evita va tras la voracidad de contar cuantos hombres tuvo, y no tras  la osadía de haber sido quién fue políticamente.

A veces se me reclama por qué no me he detenido en esto, en ahondar en la anécdota personal y juro que siento impotencia y tristeza. ¿Quién de nosotros se cuenta desde el dato, desde la intromisión impiadosa de la intimidad, desde la confesión de los pormenores de la vida amorosa? Cuando esto sucede pienso: El patriarcado ha hecho mucho daño. Y las “Biografías no autorizadas" nos acostumbran a menudo al “chisme” que lejos de develar la historia enchastran escándalos al estilo de los talk shows.

P.E.- Su asedio a lo histórico es permanente y también necesario ya que no sé si en nuestro país hay una corriente de teatro histórico como la que se puede estudiar en México. ¿Cuáles son los paradigmas que hacen posible este tipo de teatro y cuáles sus intereses más caros en términos de historia intelectual y de vida?

C. E.- No se si acaso, la pregunta me excede. Creo que si, que aparecen obras con carácter histórico. Perón en Caracas por ejemplo, Guayaquil, Otros gritos, por citar sólo un par..

Sólo se que lo universal es histórico como “reza” el lema del feminismo. Pertenezco, lo he dicho, a la generación del desencanto, masacrada de los 70. En los 70 revisar la historia fue nuestra bandera. Sigo en lo mismo. Revisitar la historia tantas veces sea necesaria. No entiendo otro modo de vivir. Tratar de dar con el/los sentidos de una historia que nos atraviesa como sujetos colonizados desde los orígenes esclavistas.

Paradigmas, vos decís… A ver… Me parece que no hay un solo paradigma. Quizá el teatro como arte de la representación hace viable la escena, que como punto de vista nos permite escenificar aquello que desde el presente se requiere como un eje de reflexión para comprendernos mejor como sujetos.

A lo mejor es un antídoto para no entrar “cantando” a lo que los sistemas hegemónicos nos proponen: posmodernidades donde la historia pierde contexto, sociedad de explotación que te venden como sociedades de consumo donde el consumo es la panacea de cualquier sueño individual o colectivo… Quizá este revisitar la historia, nos haga menos insensibles a los temas que han pasado sin solución de continuidad de siglo en siglo y  han acrecentado las relaciones de dominación. La trata de personas, el narco, la venta de armas, las guerras. A lo mejor es a través de estas representaciones donde podamos entender que nuestro mundo, también es un escenario donde somos actores inconscientes de una obra de la que no somos sus guionistas. Quizá re guionar el dato de la historia nos permite escribirla y decir que acostumbrados a una Lationamérica tartamuda sobre los personajes que rompieron el marco, podemos ampliar nuestra mirada. La historia se dice la escriben los que ganan, bueno, los que escribimos la historia nos sentimos victoriosos. Sí, escribir la historia, es una victoria. Imaginate. Mi vida. Expulsada de la Universidad de la Plata por las fuerzas “normalizadoras” que prepararon el golpe de estado del 76. Perseguida por la triple A.

Creo que está muy claro. El paradigma es invertir los términos del poder.

P.E.- Usted co-dirige un espacio de Género denominado Un escenario propio, en otras personas con la directora de esta publicación ¿cuándo surgió esta idea?, porque sabemos que es suya y ¿qué balance le permite cuando aún no finaliza y quedan talleres por dar que están dirigidos a problemáticas concretas? Género, Escena, Historia, un mix que como un rizoma, puede abrir otras puertas.

C. E.- Si, co-dirijo Un escenario propio junto a Roxana Randón y Teresa Gatto.

Bueno, la idea de armar ese ciclo, no es mía, fue surgiendo de varias conversaciones con muchas/muchos colegas. Sueño largamente conversado con colegas como Jorge Gusman por ejemplo. Para hacer una escuela de teatro histórico. Muchisimas veces se conversó con Teresa Gatto, Adriana Tursi, colegas del feminismo… Y se dio de armarlo en Espacio Abierto. Se ha pedido subsidio a Proteatro, pero aun no tenemos confirmación oficial de su otorgamiento. De modo que está solventado por nosotras. Qué loco, los que hacemos la cultura, “la padecemos”.

Desde luego, la insistencia en género puede ser que sea un poquito propia… Pero un poquito. Una no se hace solita en género. A lo mejor, como tengo ímpetu organizativo, ordené los conceptos. Pero una idea de esta naturaleza nunca nos pertenece del todo. Y eso está muy bien. Porque habla de que las mujeres con conciencia de género conformamos un colectivo.

Por suerte una puede afirmar que este tipo de espacios son abiertos. Semillas. Que una u otra/otro las siembra y vaya a saber quien recoge sus frutos. Un escenario propio fue tomado de un maravilloso encuentro en Ohio, Cincinnati, realizado en 1994 y que tuvo como organizadora a Kirsten Nigro. Si, el nombre fue tomado de allí y quizá su espíritu. Y a lo mejor, Kirsten cuando tuvo la idea, ni se imaginó que varias décadas después, ese escenario propio iba a ser reflotado. Y si, la idea de reflotar ese espíritu fue mía. Pero el escenario propio, ya lo propuso Virginia Wollf con el cuarto propio, de modo que todas estamos en la misma red.

Finalmente lo importante más allá de la idea es llevarlo a cabo, cumplir con lo que esa idea implica. Con lo que el proyecto propone. No es cuestión de armar una idea bonita y luego no hacerse cargo de lo que implica instalar un espacio de transversalidad, de hacer circular los conocimientos, que quien asista a un seminario en algo transforme su mirada. No es una tarea fácil.

El conocimiento implica tiempo. Llevar a cabo un proyecto implica compromiso. La idea puede ser compartida, y eso hay que reconocerlo, ahora finalmente los espacios son de los que los sostienen desde los saberes. Y… en la cancha se ven los pingos… pero no soy jugadora, soy nadadora. Y encima soy nadadora de resistencia, no de competición, no de carrera. Me gusta nadar y nadar. De chica, ganaba siempre en resistencia. Y encima nadaba en el río Paraná, imaginate. Se ve que me quedó. Qué imagen, ¿no?

En el medio del rio, uno nada. Estamos en llegar a la orilla. Soy muy buena nadadora y se que hay que llegar. En ese nadar, ya hemos cumplido con un ciclo de dos monólogos sobre mujeres de nuestra historia: Ay Camila! (mi autoría) y Felicitas o las niñas mudas de Adriana Tursi. Hicimos 8 funciones gratuitas. Donde instalamos a Camila O’Gorman y Felicitas Guerrero en el público. Fue una experiencia intensa.

También Teresa Gatto dictó en dos jornadas (12 horas cátedra) su seminario Eva Perón desde una perspectiva de Género y luego la propia Gatto junto a Pilar de León (actriz e investigadora uruguaya) dictaron el seminario (también 12 horas cátedra) La Argentina y el poder en las mujeres del siglo XIX.

Fue muy lindo para mi asistir como alumna. Y comprobar los efectos generadores de los espacios transversales. Seguiremos con los seminarios.

En cuando a los monólogos, Ay Camila, con la espléndida Corina Bitshman, sigue en función bajo la modalidad de funciones debate. Y es impresionante como se genera una comunión con el público a la hora de intercambiar en forma transversal. Seguimos con los seminarios. Y en todos los casos estamos logrando transversalidad. Ay Camila es una propuesta provocadora, porque atraviesa el velo de lo que se supone una heroína del siglo XIX. Qué va… esta Camila, es una heroína de este siglo…

Y es elocuente como en el debate aparecen los conceptos vertidos en los seminarios. ¿Casualidades o coherencias?

Pero ya te digo, estamos nadando… Cuando lleguemos a la orilla, te cuento más. Por ahora nadamos en estas aguas.

P.E.- En sus palabras finales en la exhibición de la obra en el Salón Blanco de Casa Rosada, usted hizo hincapié en la colocación central del sujeto político en la escena del hoy. Un sujeto político que más allá de adhesiones u oposiciones puede construir enunciados potentes y hacer de la política una construcción colectiva. Ahora que el tiempo no la apremia, me gustaría que se explaye sobre este tema.

C. E.- Si, claro. Impresiona un poco que funcionarios de la política, lean los signos de la historia y la memoria en una representación, en una obra de teatro. Y la verdad, cuando la función de Bastarda sin nombre terminó sentí la necesidad de decirlo, y cuando lo estaba por enunciar me di cuenta que me costaba decir funcionario, y se me cruzó que cuando –valga la redundancia- un funcionario es capaz de lectura semejante, uno lo ve como compañero.

¿No es un salto cualitativo? De pronto: público, que es pueblo mirando, vibrando la historia en una obra teatral, en la Casa Rosada, el espacio desde donde se diseñan las políticas públicas.

Va mucho más allá de mi obra, de esa obra. Está diciendo otra cosa. Está diciendo que somos nosotros los que escribimos la historia. Porque la escribimos al escribirla o representarla, y la escribimos como narración colectiva reconociéndonos en ese espejo (la obra que se despliega como escena) que nos permite un punto de reflexión sobre la historia y sobre nosotros como sujetos de la historia. ¿No es alucinante? Imaginemos a un pueblo-público capaz de ver hoy Bastarda sin nombre, mañana Rey Lear, pasado mañana Antígona Furiosa… se me pone la piel de gallina. Y así por generaciones. ¿Qué se produciría? Se produciría un cambio educativo sustancial y en una comunión como la que se dio en la casa Rosada el 6 de julio. Donde luego de la comunión obra-público, el espacio se convirtió en una fiesta.

El salón Evita fue abierto por primera vez al público. Ninguno quería irse. Estábamos viviendo una narración colectiva. Similar a la que experimentamos con Mascaradas de Mayo durante los actos del bicentenario en el que cientos de personas asistían a una representación callejera del 25 de mayo. La obra fue incluida en el Ciclo Música que convoca a nuestros músicos los primeros viernes de cada mes y en ese ciclo, Bastarda sin nombre fue la primera obra de teatro. En ese ciclo.Y quizá porque la obra provoca musicalidad Alicia Kirshner que ya la había en su espacio habitual, presentó la obra diciendo: déjense llevar…

Me conmovió. Déjense llevar… la obra como una música. La representación como una pregnancia sensible. Déjense llevar… como quien entra a un camino, y no sabe adonde va a terminar.

Ah… preguntaste por el tema de sujeto político. Me parece muy bien que haya voluntad política de instalarlo en el centro de la escena. Y eso lo dije en el Salón Blanco, aunque no tuve micrófono. Pero ya ves, me lo estás preguntando y Página 12 lo levantó como concepto. ¿No es también un salto cualitativo? ¿No es un salto cualitativo que estemos hablando de leernos en una resignificación de la historia más allá de las internas políticas? ¿No es un salto cualitativo que de pronto podamos soñar en reproducir un escenario propio en un territorio federal? ¿No es una manera de decir, sujeto político somos nosotros/as generando una perspectiva de género en la cultura? Cuando se masacraron dos generaciones en la última dictadura militar, se aniquiló el sujeto político pensante, actante, con voz propia. Y esto me dan ganas de gritarlo a lo cuatro vientos. Voz y pensamiento propio. Dejar de sujetarse a contestarle al victimario (no porque no haya que hacerlo) quiero decir. Articular contenidos y propiciar escenas de representación y reflexión. Elijo eso como forma de compromiso.

No se si contesté bien lo que preguntaste. O si necesitás que lo amplie.

P.E.- ¿para qué sirven los reconocimientos? Esta pregunta es tramposa, todos sabemos que hay un más allá de la felicitación de los pares y el público y un pergamino más para el CV. ¿Los reconocimientos son de alguna manera un modo de aprobación propia, porque el artista suele ser muy crítico con su propio trabajo?

C. E.- ¡Ay qué momento! Los premios son reconocimientos que uno agradece. A veces se dan. Bienvenidos. Hay que ser agradecidos. Desde luego, si el premio viene cuando te sentís pleno, es lindísimo, porque significa que estás bien con vos, con lo que hacés y con la vida. A mi esos tres ingredientes se me dan. No soy de las que se dan con curare o con un hacha mellada. Me encanta crear, escribir y lo hago con mucha entrega. Pero también asi vivo. Me entrego a lo que hago en todo. Aún cuando no haga nada. Siempre pienso si me gusta a mi, seguro que a algún otro también le va a gustar. Podría parecer simple. Pero a veces hay que simplificar un poco. Sobre todo cuando uno asume cierta multiplicidad… La verdad, lo recibí con el corazón abierto, y he leído mucho afecto hacia el espectáculo, hacia cada uno de los que componemos el grupo de Bastarda, Roxana Randón, Mateo Margulis, Javier Margulis y yo. El Florencio Sanchez lo ganamos Randón y yo cada una en su rubro. El María Guerrero se quedó en casa. Pero la verdad siento que el espectáculo es el que fue premiado. Y recibí, repito, mucho afecto hacia mi persona y hacia Evita. En las dos ocasiones le dediqué el premio. Fuimos a la misma escuela. No fuimos compañeras de banco, pero si, fuimos  a las mismas aulas, pisamos las mismas calles y fuimos a la misma plaza. Seguro que al mismo cine. Y el médico que me atendía de chica, fue quien la inscribió en su partida de nacimiento cuando fue reconocida. Y eso lo supe siempre. Qué lindo y que simple, ¿no?. Una muchacha de origen bastardo sueña con ser actriz en la Escuela Nª 1 de Junín… Muchos años después una niña de familia clase media alta, va a la misma escuela, y sueña que esa Reina de los humildes a la que los gorilas llaman bastarda en realidad es su amiga y va a la plaza San Martín a hablarle a ella, porque la ama. Bueno, teníamos que juntarnos. Muy simple.

Bueno, fue muy lindo hablar contigo. Y me quedo con esto último de simplificar. Y vivir todo con plenitud desde un premio, hasta la belleza de quedarte horas mirando como se mueven las aguas del rio. ¿No? O tomarse unos mates entre amigos. Puede ser un vinito. O como el otro día en la Rosada cuando vinieron los granaderos a sacarnos del balcón histórico, y los convertimos en nuestros aliados, por no decir rehenes y nos sacamos fotos con ellos. O reírse hasta que te duela toda la cara. Una vez en casa de Diana Raznovich después de analizar un video sobre las relaciones mundiales de dominación, nos pusimos divertidas y nos imaginamos que quedaríamos sometidas por el poderío chino y nos imaginamos que nos convertiríamos en “pegadoras de lentejuelas” en almohadones chinos. Nos quedamos riendo por horas. Y ya es un lema el tema de las lentejuelas entre nosotras. Disfrutemos. Y a la vez seamos como los tábanos. Incisivos, sin perder la metáfora. Bueno, no se donde está la metáfora del tábano, pobre animalito, a lo mejor la tiene… Quizá hayamos venido a eso. A ser felices sin perder la complejidad. No nos olvidemos que tenemos que dormir con un ojo abierto y otro cerrado.

  


Más info en Puesta en Escena:

Premios Florencio Sánchez

Reestreno Bastarda sin nombre

Bastarda sin nobre, de Cristina Escofet

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